miércoles, 3 de octubre de 2012


“MALHECHORES DEL FÚTBOL”

Su nombre era Lucas y tenía diecisiete años, era hincha fanático de independiente. Iba a la cancha todos los partidos, fecha por fecha. Toda su familia compartía su pasión por el club de sus amores.
Se preparaban a la mañana y a eso de las cuatro de la tarde partían hacia la ya destruida “doble visera”. La rutina era siempre la misma, el papá, la mamá y Lucas siempre juntos en la popular.
Ellos tenían en mente que el nivel de violencia era muy alto en las canchas, pero nunca habían sido partícipes de un hecho así, igual eran conscientes de que en algún momento iban a estar en el medio de alguna interna de la barra.
Los tres iban a ver un Independiente contra Racing, el clásico, un hermoso domingo para ver fútbol. La cancha explotaba de gente y los colores rojo y blanco cubrían el estadio.
Ese mismo día, había sucedido un enfrentamiento de hinchas en las afueras del estadio y la policía pudo frenar y calmar a los provocadores de este incidente. Claro estaba que la barra había entrado enojada a la cancha. Esto lo sabía Lucas, entonces le dijo a la madre, con un poco de miedo:
-          Mamá, me parece que tenemos que ir más para el costado.
-          ¿Por qué hijo?- preguntó la madre.
-          Porque acá va a pasar algo, y muy feo- exclamó Lucas con temor.
Entonces, la madre asustada le avisó al padre de Lucas y empezaron a buscar huecos para pasar y alejarse del lugar. No se habían alejado tres metros que se escucha un grito, de pronto otro y, luego, golpes en la tribuna. Todos se iban para abajo, era como una avalancha, pero de personas. Lucas corrió hacia otro sector alejado del problema, confiado de que su padre lo seguían. Llegó y respiró tranquilo como si todo estuviera bien. Pero se equivocó, sus padres se habían quedado en el medio de la avalancha y fueron gravemente heridos. El partido se suspendió y los padres de Lucas fueron llevados al hospital.
Pasaron ocho años de aquel incidente causado por la violencia en las canchas y los padres de Lucas están sanos. Él quedó muy mal por aquel hecho, que casi mata a sus padres. Ahora está terminando la carrera de periodismo deportivo para poder combatir la violencia causada por estos malhechores del fútbol.

Bogado.

“DE MAL EN PEOR”

Me gustaba la vida de campo, pero con los problemas de hoy en día, la baja de salarios, cuestiones con el estado y el aumento de las maquinarias, me mudé a la gran ciudad con mi hermano Diego, para encontrar un trabajito digno con el cual poder subsistir.
Alquilamos un departamento ubicado sobre la avenida 9 de Julio, un lugar donde la gente no para ni un segundo y el tránsito era insoportable. En la primera semana, al no encontrar empleo, tomábamos de día y de noche mate cocido acompañado de un trocito de pan, una noche mi hermano se levantó de la mesa y me dijo:
-          ¡Estoy cansado de tomar y comer siempre lo mismo!
-          Tranquilo Diego, mañana me levantaré temprano y saldré a buscar empleo.
-          Estoy harto de tus mentiras, yo mismo iré a buscar algo de dinero.
Fue a probar suerte al bingo, pero el muy mala leche lo perdió todo y para que yo no me entere, se ocultó en un asentamiento de gente de pocos recursos.
Desesperadamente, salí a buscarlo por todas partes, la gente no me sabía decir en dónde se encontraba, la última vez que lo vieron fue en un pasillo con un grupo de delincuentes que eran muy respetados en ese lugar. Me dirigí a la comisaría y les pedí ayuda para encontrar a mi hermano, los policías no tardaron en darme una respuesta, me subí al vehículo y me llevaron a recorrer el barrio, luego de varias horas de búsqueda, lo hallamos debajo del puente, desmayado, maltratado y con marcas en su cuerpo, rápidamente lo llevamos al hospital para que lo revisen.
Luego de una semana de internación, por culpa del alcohol que tenía alojado en la sangre, a mi hermano le dieron el alta. Salimos de ese lugar y nos dirigimos, en un colectivo, a nuestro pequeño departamento. En el viaje me contó que la culpa lo estaba volviendo psicótico y pensaba que si se metía en la delincuencia iba a salir adelante económicamente, pero fue todo lo contrario, además de robar, entró en la droga y el alcohol, me contaba que se veía raro y diferente a las demás personas a causa de los síntomas que le provocaban dichas sustancias, se sentía una bestia para la sociedad al ocasionarle daño a las personas que seleccionaba para atacar. Al llegar al departamento, me confesó que tuvo deseos de suicidarse y acabar con esa bestia que lo tenía encarcelado. Lo intentó tirándose de aquel puente en donde lo encontré con pocos signos de vida, pero no lo logró.

Duarte, Alexis.

“UN DICHO MAL DICHO”

Dicen “si amas a algo lo tenés que dejar ir”, pero Lucía hizo oídos sordos, al estar tan obsesionada con su novio Alejandro. Sus amigas le estuvieron advirtiendo que ese chico no era buena influencia y que no le estaba siendo fiel; sin embargo, ella lo amaba, aunque a veces no sabía si era realmente amor o una tonta obsesión. Sus amigos, cansados de decirle la verdad, empezaron a darle detalles, como con quien lo habían visto, que día o a que hora. Pero ella tan ciega, seguía negando todo.
Por desgracia, un día común, como cualquier otro, mientras volvía a su casa del colegio, vio a la tan famosa pareja, su novio, quien realmente la engañaba, y la otra. Lucía se enojó y le dijo:
-          Vos, traicionera, menos mal que me amabas.
-          Andate, Alejandro ahora es mío, aunque siempre lo fue- dijo “la otra” y se le rio en la cara.
-          No tenés cara, son los unos sin vergüenza, la verdad que no lo esperaba de vos, Alejandro… - Le dijo llorando y se fue.
Ella reflexionó lo equivocada que estaba en no creerle a sus amigas; desde ese día cambió sus actitudes y decidió pensar más de dos veces antes de obsesionarse con cualquier traicionero.
Un año después, Lucía conoció a Emiliano, un chico dulce, tierno, fiel, simpático y con muchas más características buenas; quien la ayudó todos los días a olvidar lo mal que había estado.
Vivieron felices por siempre.

Basada en hechos reales.
Mica, Ariana.

jueves, 27 de septiembre de 2012

"Anarquía sobre ruedas" 


     Ya corría la primavera en el barrio de Núñez, en 1999, ya estaba cerca el comienzo de un nuevo siglo, pero más cerca se encontraba una historia trágica protagonizada por la imprudencia al volante.
    Sebastián era un joven fanático de los autos, de las bicicletas y, como todo hincha de River, del fútubol. Él solía disfrutar de las noches manejando su Honda Civic a altas velocidades compitiendo con otros jóvenes en las calles que rodean la cancha de River, pero nunca pensó que su pasión por la velocidad lo iba a llevar ante un juez.
     Un jueves treinta de septiembre de ese año por la tarde, Sebastián volvía de recoger su auto del mecánico, un auto que tenía motor nuevo, el cual Sebastián tenía intenciones de estrenar. El sol se estaba ocultando, y las calles estaban vacías, la temperatura era ideal, en el cielo solo se observaban la luna y las estrellas, era el escenario perfecto para una noche de picadas, pero lo que lo hacía más perfecta era el recital de Metállica que se llevaba a cabo en River, el cual centraba gran atención policial.
     Con su renovado Honda Civic, Sebastián esperaba encontrarse con sus compañeros de picadas, a quienes pretendía impresionar a través de la velocidad. El momento había llegado, él ya estaba corriendo la picada frente a un Peugeot 206, el cual estaba delante de él, Sebastián tomó la decisión, sin dudar, de exigir el auto al máximo, a tal punto de superar la barrera de los doscientos kilómetros por hora, lo cual lo estaba exaltando de felicidad. A esa velocidad, en avenida Libertadores, Sebastián visualizó dos luces rojas por delante de su trayectoria, eran tan rojas como la sangre, tan intimidantes como "Entersandman" y tan brillantes como la luna. No hubo tiempo de esquivar y, por lo tanto, el desastre era inevitable, solo cadáveres que adornaban la escena.
     A fin de cuentas, se determinó que Sebastián estaría solo tres años bajo prisión, los cuales ya cumplió. Para él fue macho mayor la condena social que la jurídica; pero, a pesar de todo, parecía no tener límites ya que sus manos no estaban atadas más que al volante de su nuevo auto. Sin embargo, en su consciencia siempre estarán Celia y Vanina, una madre y una hija que fueron asesinadas por la imprudencia.

Leandro Agüero.